El avance en las comunicaciones ha permitido, entre muchas cosas, la difusión masiva de contenidos. La información sobre cualquier materia la tenemos en el bolsillo con la simple combinación de varias teclas.

Los temas son inabarcables. Los asuntos, infinitos. Los formatos no paran de crecer. La sencillez en el acceso parece que es la tónica que predomina en el diseño de aplicaciones y páginas.

En este vasto archivo de contenidos ni todo sirve ni todo tiene el rigor mínimo para convertirse en información de calidad. La paradoja estriba en la propia universalidad de la red. Todo el mundo accede. Todo el mundo opina. Todo el mundo puede publicar, pero no todo vale.

En muchas páginas que abordan temas de productividad y desarrollo personal encontramos supuestos gurús que hablan de temas o desarrollan teorías que, una vez finalizado el artículo, no hay por menos que pararse y pensar ¿pero esto de qué va?

Maravillosos modelos de organización que parecen un videojuego por los diferentes niveles que hay que alcanzar. Magníficos sistemas de planificación cuya sola introducción ya requiere de cursar un máster. Estupendos gestores de tiempo cuya única pega es que consumen más del que ahorran. Extrañísimas (y carísimas) aplicaciones que prometen salvarnos la vida en el supuesto de un ataque de caos organizativo mundial.

Habitualmente asisto a exposiciones, conferencias o eventos en los que al ponente se le otorga el grado de gran chamán y se le invita a realizar su ritual. Todos los adeptos asisten boquiabiertos a la puesta en escena de un espectáculo que ni siquiera comprenden (la jerga de esos actos daría para otro extenso artículo) para, al final, salir como llegaron, pero con una cantidad nada desdeñable de euros menos.

Todo esto no es exageración. Si además le añado el resumen de muchas de mis lecturas en los últimos veinticinco años, los que llevo conectado a la red y trabajando en temas de productividad y organización, me doy cuenta de que existe más confusión que orden. Y caos y organización no casan bien.

El concepto nanoproductividad surge como consecuencia de todo lo anterior. El prefijo nano hace referencia a algo pequeño (enano, en su origen). Al combinarlo con la palabra productividad he querido rebajar todas las gigantescas pretensiones que leo en las páginas tan sesudas que antes mencionaba. La nanoproductividad quiere ayudar desde lo modesto, desde lo pequeño, desde lo sencillo.

Por esto, bajo este término acuñado por mí, voy a ir dedicando distintos artículos a la explicación de pequeñas herramientas que van a cumplir un doble objetivo: optimizar, por un lado, la gestión del trabajo o estudio y, por otro, que sean de fácil implementación.

Ese fue uno de los objetivos primigenios en anteriores proyectos y, en este que ahora se inicia, no ha cambiado. El desarrollo de la productividad personal fundamenta su éxito en lo sencillo y la simplicidad no está reñida con la solvencia.

Hay que escribir para ser entendido huyendo de discursos que solo agradan a grupos de iniciados. El lenguaje debe ser vehículo de comprensión y fuente de información. Reivindico lo pequeño, lo modesto, lo sencillo aplicándolo al desarrollo personal y a la productividad.

Aquí tienes el listado completo de los artículos de esta categoría.

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