Conozco a muy pocas personas que no les atraigan los regalos. En todos nosotros anida la necesidad de sorpresa como característica singular del ser humano.

Nos agrada que nos sorprendan, aunque, de manera simultánea, esta situación conlleve cierto rubor. Hay un poco de vergüenza en recibir algo de alguien, pero en esta batalla gana la curiosidad por saber qué hay en esa sorpresa que nos está esperando.

Cuando los regalos son ofrecidos de manera periódica, esa sorpresa se convierte en expectativa. ¿Qué pasará este año? ¿Se habrán acordado de mí? ¿Llegará por fin eso que tanto quiero? Aquí los más impacientes no podrán sujetar sus nervios y necesitarán controlar sus emociones. Los más calmados ya tendrán pensado qué van a hacer si no les gusta o no les agrada. Como en todo lo que implica al ser humano, infinitas situaciones para infinitas personas.

Todos los inicios de año nos llega un regalo esperado de 8.760 horas. No por ser conocido o ser predecible es menos importante. Lo que está claro es que nunca falta a su cita anual. Qué gran ventaja.

Y ocurre lo mismo diariamente: 86.400 segundos nos son recargados de manera puntual cada medianoche.

Volvemos a iniciar un larguísimo periodo de tiempo al que hemos convenido llamar día y que no es más que un contenedor de nuestra vida. Vamos a depositar allí todo lo que esperamos (bueno o malo) y todo lo que nos sobrevenga (preferiblemente bueno). Tenemos un calendario por imaginar y completar con las piezas que nosotros elijamos.

Comenzar un día, un mes o un año es dotar de un envoltorio de tiempo a nuestra vida. Así de sencillo y, sin embargo, con tanta complicación. En ocasiones, durante esos doce meses, esos treinta días o esas veinticuatro horas, el embalaje será perfecto, liso, ajustado. En otros momentos, alguna tormenta provocará que las cosas sucedan distintas a cómo las habíamos pensado.

Tenemos las piezas de un rompecabezas que armar. El resultado de unirlas conformará la imagen de nuestra vida durante mucho tiempo.

Por todo esto hay que trazar una estrategia para que el regalo sea lo más provechoso posible y podamos exprimir al máximo sus posibilidades. No todos los obsequios vienen con un manual de instrucciones y en este caso menos porque las reglas las marcamos nosotros.

En primer lugar, dediquemos un momento a echar la vista atrás y analizar qué hemos hecho con los regalos de días, meses o años anteriores. ¿Algunos están sin abrir? ¿Otros siguen sin tener sentido? ¿Tengo posibilidad de darles otro uso? ¿Han resultado una mala inversión? ¿Los he disfrutado?

Esta última cuestión la considero capital y su respuesta debemos pensarla y analizarla. Estoy planteando desde el comienzo del artículo que el uso y aprovechamiento que le demos a las próximas 24 horas o los 12 meses o los 365 días que tenemos por delante depende de nosotros mismos. Dejémonos de falsas concepciones de si somos o no dueños de nuestro tiempo. Aquí no debemos confundir la organización de nuestra vida (horarios, trabajos, compromisos, citas) con el disfrute en cada uno de sus ámbitos. Los hijos son un claro ejemplo de este argumento. Absorben la totalidad del tiempo, incluso llegando a la extenuación, pero esos momentos son de placer inmenso.

No asimilemos cantidad de tiempo con calidad de este: cinco minutos de algo que nos apasiona compensa el tiempo de espera que hemos tenido que emplear hasta llegar allí.

Ahora pienso en aquellas personas que, poseyendo todo el tiempo a su disposición para realizar lo que quieran, son tremendamente derrochadoras del mismo. En el otro extremo de la cuerda se sitúan aquellos que sus reservas de tiempo son escasas pero cada minuto lo disfrutan con una intensidad digna de envidia.

Evaluemos qué hemos hecho, pero pensemos en qué queremos hacer. Mi método en este instante es de una sencillez mayúscula: papel y bolígrafo. Anotemos con la libertad que nos proporciona ser uno mismo todo aquello que queramos hacer en los minutos que tenemos por delante. No permitáis que la cabeza ponga frenos, lanzaos a imaginar, soñar, diseñar, planificar, programar, disponer u organizar todo aquello que hayáis anotado.

¿Límites? Los que vosotros decidáis.

Cualquier instante de tiempo nuestro es mucha vida.

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