Recuerdos presentes

Empiezas a recordar según se aproximan los olores.

A veces no somos conscientes del tiempo que ha pasado hasta que vemos que los lugares han cambiado. Todo permanece en el mismo sitio, aunque todo es distinto. La sensación es la misma que se produce cuando vuelves a la habitación de tu infancia: recuerdas los espacios, la situación de las cosas, donde colocabas tus cosas… pero todo es distinto. Es diferente a cuando tú vivías allí.

Hoy paseo por espacios de mi memoria que permanecían hibernados y ha bastado un olor para traerlos a mi realidad más inmediata. Y vengo de otra manera. Con el mismo cuerpo, pero vistiendo otra cabeza. La que proporciona la mezcla de años y canas. Lo llaman experiencia. Yo lo denomino vida. Venía por aquí camino de otros proyectos. Un inicio de vida que no sabía bien hacia dónde apuntaba. Pero era inicio y cambio.

Nuestra cabeza es capaz de tender puentes entre el pasado y el presente haciendo que todo concuerde. Son esos momentos en los que recuerdos pretéritos ya anticipaban un futuro que hoy vivimos como presente. Dotamos de lógica a algo que ni siquiera hace tiempo hubiésemos imaginado pero que, probablemente, estaba allí.

Cambian las dimensiones, las referencias o las luces, pero la esencia sigue viva ahí. Y lo que produce es una explosión rapidísima de recuerdos que se amontonan frente a nuestros ojos. No existen, existieron, pero nuestra mente les facilita una presencia inmediata, vívida. Nuestra cabeza convierte de nuevo en realidad aquello que ya tuvo su momento.

Evolucionamos siendo los mismos. O eso pensamos. Los recuerdos proyectan nuestra vida uniendo la sucesión de escenas que la conforman. En ocasiones no entienden de días, meses o años. Las fechas desaparecen porque ligamos la memoria a lugares, personas u olores.

Yo iba camino de mi presente cuando ha aparecido una parte de vida anterior. La primera sensación ha sido de sorpresa aderezada con una sonrisa que ha aflorado en mi boca. Desfile incesante de personas y sentimientos. La sonrisa se hace más amplia y, en un cierto punto del camino, se transforma en carcajada inevitable.

Se produce un tópico recurrente cuando le preguntamos a las personas por cuál es la etapa de su vida que consideran más plena. Unos afirman que el presente, los mayores nos hablan de cuando eran jóvenes, otros prefieren remontarse a la infancia, pero todos, sin distinción, echamos la vista atrás para hacer inventario y balance. Y no a todos les cuadran las cuentas. Casi siempre encontramos aquella persona que ya no está, la relación que no pudo ser o la equivocada decisión.

Tratemos de conciliar el ayer (con mucha o poca distancia) con el presente. Integrar todas las piezas de las etapas de nuestra vida es un sano ejercicio de vivir en armonía con nosotros mismos. No hablo de olvidar o reescribir lo que no nos gustó, si no de llegar a la reflexión de lo que somos hoy es producto de muchas reflexiones, caídas, aciertos y errores. Somos seres de presente con una memoria que hemos ido conformando con el paso de los años.

Somos nosotros. Disfrutémonos.

Imagen © Flickr – Álvaro Ibañez