Aprendemos por imitación

Quién no ha experimentado alguna vez la sensación de que delante de sus ojos estaba sucediendo algo que desconocía pero que, después de esa visión, han quedado incorporadas en su cabeza la forma y la manera de hacer:

  • fijarse en cómo se recorta en papel una figura geométrica
  • aprender cómo dar los pasos de un baile
  • ver cómo se atan los cordones de los zapatos
  • comprender cómo una formula resuelve un problema matemático
  • entender cómo se realiza un esquema de un texto
  • descubrir cómo se da un toque especial a una comida
  • observar cómo se presenta un proyecto ante un grupo de personas
  • averiguar cómo se desarrolla una hoja de cálculo

Todas estas actividades las realizamos poniendo atención sobre quien las lleva a cabo. Nos fijamos en la manera que alguien toma las tijeras, utiliza la calculadora o se mueve ante una pantalla. Vemos cuáles son los pasos que se ejecutan y cuál es su orden. Anotamos los materiales que se necesitan, la bibliografía que hay que consultar o los medios que hay que tener. Planificamos las tareas una a una para, partiendo de cero, llegar a conseguir nuestro objetivo.

Y todo esto lo aprendemos por imitación. Fijándonos en alguien que sabe desarrollar de manera correcta y precisa la actividad. Utilizamos siempre la referencia para asentar el conocimiento. En cualquier procedimiento necesitamos saber qué camino debemos andar para luego poder reproducirlo. Nuestra mente es tan potente que una vez que le hemos enseñado algo, archiva la manera de poder volver a realizar ese proceso. Y cuantas más veces lo repitamos, su ejecución aumentará en calidad, rapidez y precisión.

La mayoría de las aplicaciones informáticas tienen entre sus características la creación de rutinas que se ejecutan a petición del usuario. Estas aplicaciones pueden ser programadas o bien ser «enseñadas», de manera que el ordenador “aprende” lo que le vamos mostrando. Parece muy complejo pero lo único que hacemos es decir «fíjate en lo que hago, memorízalo y luego lo haces tú solo cuando yo te lo diga». Esta es la base del aprendizaje.

En infinidad de ocasiones hemos escuchado “hay que aprender a aprender”. Es una frase que se ha repetido hasta la saciedad, pero no se ha puesto énfasis en su contenido. Lo que significa es que todos los recursos, técnicas y herramientas que necesitamos para aprender pueden ser asimilados por nosotros partiendo de cero. Esos rudimentos harán que el proceso de aprendizaje sea un objetivo en sí mismo. Todo esto se aprende.

En numerosas ocasiones he encontrado alumnos cuyo rendimiento era muy bajo (incluso deficiente) y la razón se achacaba a la capacidad del estudiante sin analizar cuáles eran sus métodos de estudio. No es que no les gustara estudiar o no tuvieran la capacidad, su problema residía en cómo hacerlo: cómo enfrentarse a un trabajo, cómo realizar unos apuntes productivos, cómo desarrollar una técnica de lectura comprensiva y ágil, cómo prepararse ante un examen… Esta misma situación se reproduce en el ámbito laboral: cómo presentar un informe, cómo realizar una presentación de producto, cómo moderar una reunión, cómo abordar un trabajo en equipo…

Recuerdo un caso concreto en una sesión de formación con directivos, uno de ellos me comentó al finalizar el programa: qué fácil es si me explicas cómo hacerlo. Esa es la base de la enseñanza: generar modelos excelentes que promuevan el aprendizaje.

Falta un ingrediente primordial: la motivación. No hay más que fijarse en algo que desconozcamos (tocar la guitarra, usar una aplicación del móvil, practicar un nuevo deporte o jugar a un nuevo juego en la consola) y ver cómo es nuestra progresión en el aprendizaje si estamos focalizados en algo que nos interesa.

Evidentemente esto conlleva un entrenamiento con unos tiempos dedicados a aprender. La asimilación de la nueva habilidad se irá incorporando progresivamente a nuestras capacidades. Las rutinas de repetición y consolidación harán que el aprendizaje de lo nuevo fluya. Este proceso, como casi todos los relacionados con el conocimiento, se acelera con el entrenamiento. Nuestra mente genera “músculo” al realizar ejercicio intelectual continuado.

Analizado esto, las siguientes cuestiones que se deberían plantear son:

  • ¿qué modelo debo seguir?, si es que estoy dedicado a aprender algo nuevo.
  • ¿qué ejemplo debo dar?, si soy docente o formador de cualquier materia.

En el primer caso, la búsqueda recae en la persona que aprende, analizando y comparando las distintas fuentes de conocimiento para adoptar aquella que sea más afín a lo que precise para alcanzar sus objetivos.

En el segundo caso, entra en juego un nuevo valor: la responsabilidad. Este aspecto es un pilar sobre el que se cimenta el proceso educativo que con la actividad que desarrollen los profesionales se crearan óptimos patrones de aprendizaje o generadores de desmotivación.

En resumen, con buenos modelos, interés y tiempo el aprendizaje se produce y se consolida. La magia aquí no existe, solo trabajo.

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